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En los archivos de Match – En el estudio de Joan Miró

En los archivos de Match - En el estudio de Joan Miró
Written by ADMIN

Aquí está el reportaje dedicado a Joan Miró, publicado en Paris Match en 1962.

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París Match n°691, 7 de julio de 1962

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Miró trae el sol mallorquín a París

Por Jean Saucet / Foto Tony Saulnier

El Museo de Arte Moderno de París inaugura esta semana la mayor exposición (110 lienzos, 40 esculturas, 40 gouaches y acuarelas) jamás dedicada al pintor español más famoso de nuestro tiempo con Picasso: Joan Miró. Esta exposición narra los cincuenta años de trabajo de un hombre cuyas obras son prácticamente imposibles de encontrar hoy en día, ya que los coleccionistas las anhelan. Hizo falta la venta benéfica en beneficio de las víctimas de Fréjus para que un Miro sufriera el incendio de la subasta. Vendió 12.800.000 AF. Este fue el precio más alto alcanzado inmediatamente por detrás de Picasso (15 millones) y muy por delante de Braque y Chagall. El año pasado, una encuesta internacional clasificó a Picasso, Miró y Braque como los “Tres Grandes” de la pintura moderna. Nuestros reporteros lograron penetrar en la intimidad de este hombre reservado que vive solo para su arte y que es el solitario de Mallorca.

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En los caminos blancos de Palma, un fornido septuagenario, con cara de luna, vestido con una chaqueta camisera, recoge una piedra —por su forma bizarra, rompe una zarza por su curva inesperada. Todos los días, una larga caminata lo pone en contacto con la tierra. Este anciano ha guardado la maravilla de la infancia. Sigue siendo el niño que una vez se perdió en Barcelona, ​​con el alma boquiabierta con los asombros de la calle: pintadas, el monumento a Cristóbal Colón, el cartel de una bodega y también los extraños tesoros del museo románico.

Pero él, el niño Miró, no sabía que era pintor. Soñador, reservado, retirado del mundo —y del mundo de los juegos tanto como de las lecciones—, soñaba con lograr grandes cosas: llegar a ser famoso, ingeniero o médico de la reina, o tal vez farmacéutico. Esperando; para olvidarse un poco de la suciedad de los pupitres y la varita coercitiva, pide permiso a sus padres para tomar clases de dibujo en la escuela.

Un dibujo hecho con jabón de afeitar.

Los domingos se escapa, cruza las Ramblas. ¿Adónde va tan rápido? En la única galería de Barcelona, ​​la galería Parès. Frente a la puerta, dos violinistas jadeando. Por dentro, es maravilloso. Vemos los lienzos del viejo Urgell: una infinidad de arena salpicada de un barquito y un sol.

Su padre, joyero y relojero, lo matriculó en una escuela comercial y, ¿quién sabe? – en las clases de Artes Decorativas.
– Dibújame un proyecto de anillo, le pide el profesor Pasco al recién llegado.
Éste representa una serpiente que se muerde la cola.
– Ahora píntalo.
Joan se apresura a comprar una paleta, luego interpreta su motivo en gouache. Entonces Pasco llama a los otros estudiantes.
– Ese es alguien, les dice, tiene sentido del color…

presagio feliz. Pero M. Miro padre es indiferente a ello. Tienes que ganarte la vida. A los quince años, Joan elabora facturas en papeletas en una casa de importación de 8 a 21 horas y los domingos por la mañana. Después de tres años, no pudo más y cayó gravemente enfermo. Entonces, un día de primavera, su padre finalmente se rinde.

– Haz lo que quieras…

Y Joan Miró decide dedicar su vida a la pintura…

Alto, delgado, con una perilla puntiaguda, siempre vestido de negro, José Dalmau es una especie de equilibrista Greco. Establecido como marchante de pintura, sus rieles de cuadros están cubiertos con esta pintura insana que se elabora en París: Picassos, Gleizes, Douanier Rousseaus… La intelectualidad europea de paso por Barcelona se detiene en su galería. Picasso traspasó el umbral cuando vino a acompañar los ballets de Diaghilev para los que pintó los decorados de “Parade”.

Miro conoce bien a Dalmau; pero no se atrevió a pedirle que le presentara al anciano cuya fama va en aumento. Solo la admira de lejos. Fue una tarde a casa de la madre de Picasso y la tocó tanto que ella le mostró unos dibujos dejados por su hijo y, entre otras cosas… una figura en la pared dibujada con un dedo untado con espuma de jabón con barba.

Ahora, frente a la puerta del 23 de la rue La Boétie de París, tiembla un poco. Es allí, piensa, donde se decidirá su futuro. Porque Dalmau le dio la oportunidad: compró todos sus cuadros por 1500 pesetas y organizó una exposición que tuvo cierto éxito… un escándalo. El público rompió los dibujos y maldijo al autor. Así, con sus 1500 pesetas, Miró cogió el primer tren a París. Allí, piensa, lo entenderemos.

Llama a la puerta de la rue La Boétie: en sus manos lleva como tarjeta de presentación una ensaimada, un pastel mallorquín elaborado por la propia madre de Picasso. Algo para ablandar al hijo. Esto abre. Miro ofrece tímidamente el pastel, luego le presenta a Picasso un paisaje de España.

– Había visto la reproducción de esta obra en una revista. Estás de suerte. Sólo quería saber su autor.

Pero la amistad no da la vida. Las 1.500 pesetas se gastan rápido. En el estudio que le prestó el escultor Gargallo, Miro pintó su famosa “Naturaleza muerta con guante” y una “Bailarina española” que hizo decir a Picasso: “Desde lo que probé, es la primera nueva aportación en la pintura. André Masson, el surrealista, que es su vecino, señala a Eluard, Breton y Aragon: “Tengo un amigo al lado, así que id a ver qué está haciendo, no está mal. Pero estos nuevos admiradores no son compradores. Una exhibición de Miro fracasa. En la prensa, ni una línea de “La Granja” expuesta en el Salon d’Automne. Lo colgamos en el Jockey, el café de Montparnasse, pero los clientes tampoco lo notan.

es miseria Con orgullo, Miro respondió a sus padres, quienes le ofrecieron dinero al niño perdido: “No necesito nada. Pero en la calle el hambre lo hace revolotear.

se le paga a puñetazos

Entonces, simplemente corre a su estudio para escribirlos. De estas anotaciones surgirá una pintura “el Carnaval de Arlequín”, de la que André Breton dirá: “va más allá de la pintura, es pura poesía. Finalmente, el destino llamará a su puerta…

Tiene cara de gigante juvenil. El hombre bien afeitado, con ropa bien cortada pero terriblemente raída, acaba de entrar en el estudio de Miro. ll. mira los lienzos a su alrededor, le tiende la mano al pintor y se presenta:

-¡Ernest Hemingway! Gertrude Stein me habló de ti. Ella me dijo: “¡No vale nada lo que hace ese muchacho! Así que eso me hizo querer venir y ver.

De repente, Hemingway se detiene frente a “La Ferme”, desdeñado por el Salon d’Automne y los clientes del Jockey.

– Estoy comprando, dijo.

El rostro de Miro se ilumina. Los días malos han terminado… ¡Ay! el comprador agrega:

– … Pero no tengo dinero.

Sin embargo, siempre hay una solución para la imaginación fértil. Hemingway es un “fuerte”. Se contrata a sí mismo como entrenador de boxeo en el Gimnasio. Cada golpe que cobra es un cheque para “la Granja”. Miro se salva.

Este cuadro, una de las cumbres de la obra del pintor, aún pertenece a la familia del escritor. Hemingway lo había comprado por el equivalente a 60.000 AF. Treinta y cinco años después, vale alrededor de 150 millones.

El pincel primero pinta solo

Mallorca, 1962. Un mundo gris y desnudo. A lo largo de una pared, hasta donde alcanza la vista, grandes lienzos en blanco. En la otra pared, clavados como polillas, humildes objetos escogidos por su valor plástico: una raíz como firma, el fondo de un cesto, una estrella de mimbre, una minúscula escalera de cuerda desarticulada, el vestigio de un juego de niños… En estelas con alineación calculada, objetos de arte popular: toro de tierra seca, tinaja, hojas de palma trenzadas para el Domingo de Ramos…

Al final de este taller ultramoderno donde la luz se afloja sin importar la hora del día, un hombre está ocupado, un gran insecto perdido en esta inmensidad gris. Coloca su caballete en el eje del estudio. Se acerca a una especie de escritorio y ahí acomoda meticulosamente los pinceles, en forma vertical, en un estante junto a los vasos que contienen los colores. El hombre, de mediana estatura, con la frente preocupada, se acerca a los pinceles, los mira largo rato. Parece que los hechiza, que dialoga. Finalmente agarra uno. Entonces parece que el cepillo actúa solo y que el brazo que extiende no cuenta para nada. Cepilla el lienzo, trazando unos rápidos signos en el espacio. Entonces, de repente, Miro “ataca” la superficie blanca.

– Tardo mucho en hacer un cuadro, dice. Madura en mí durante semanas. Cuando se decide por el lienzo, en mi subconsciente ya está todo hecho. Quiero devolverle al objeto su alma y su magia.

El pintor pasa por la terraza dominada por el disco de un elevador de agua activado por los vientos. Se sienta en una mecedora de mimbre. Bajo su mirada, las casas de Palma en el sol poniente, collares de ámbar deshecho, descienden hacia el puerto. En el horizonte la barra del mar de un azul incandescente, incansable, decrece. Es por la tarde. Qué largo camino desde las lecciones de Pasco hasta este cuadro que se estremece en la cruz del caballete.

De repente gritos de alegría rompen el silencio. Dos niños pequeños riéndose, empujándose, cayendo a la terraza, subiéndose al regazo de Miro.

– Abuelo, abuelo, mira la piedrita bonita que te traemos.


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