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Ocho obras de arte-refugios para meditar en el camino a Compostela

Ocho obras de arte-refugios para meditar en el camino a Compostela
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En el corazón del parque natural regional de Causses du Quercy, perdida en un océano de vegetación, una extraña construcción se alza en lo alto de una meseta batida por el viento. Dos pequeñas pirámides de piedras planas unidas entre sí por una gran repisa que forma una especie de puerta sobre la que cae el sol perpendicularmente, el día del solsticio de verano, cuando se pone. El edificio adquiere entonces el aire de un altar pagano, como si estuviera conectado a la cadena de dólmenes que bordean el parque. Diseñado por el colectivo Encore Joyeux con artesanos de la región que introdujeron a sus miembros en las técnicas locales de construcción en piedra seca, da la impresión de haber estado allí desde siempre. “Buscamos inventar un patrimonio vernáculo para el futuro”, Explique el arquitecto Julián Choppin.

Este refugio para viajeros recuerda a las caselles o gariottes, estos refugios para pastores que se encuentran en esta parte del Lot. Es la primera de una colección de obras de arte-refugio encargadas por Derrière le porthole, una asociación etiquetada escena artística nacional que trabaja para crear vínculos en las zonas rurales del centro de Francia sacando a la luz, donde no los esperamos, proyectos artísticos.

arquitectura minimalista

Son ocho, que jalonan, a lo largo de casi 300 kilómetros, entre Lozère y Gers, el recorrido del GR65, una de las ramificaciones de los caminos compostelanos. “No tengo ganas de caminar ni de peregrinar, preciso Fred Sancère, el piloto del proyecto. Pero, todo el año, veo pasar gente en este GR65, que viene de toda Europa. Los caminos a Compostela parten de Helsinki, Moscú, Bucarest… Desde la Edad Media se dice que todos los caminos llevan a Compostela. Estos caminos son una fuente muy fértil de historias para los artistas. »

Una invitación a la contemplación, a la meditación, que es también una propuesta artística anclada en su contexto

Espartanos, sin llave o incluso sin puerta, los refugios están diseñados para dormir en el suelo. Su arquitectura minimalista -techo y paredes para proteger a groso modo de las inclemencias del tiempo- favorece la relación con la naturaleza, sus sonidos y olores. Una invitación a la contemplación, a la meditación, que es también una propuesta artística enraizada en su contexto.

En Golinhac, un pueblo de 300 almas ubicado en las estribaciones del Macizo Central, el cuarto dorado, de Abraham Poincheval, debe mucho, según el propio artista, a las historias que le han contado. El refugio se revela a la vuelta de un paseo arbustivo, un bloque de hormigón con relieves irregulares revestido con un revestimiento de materiales desencofrados en el lugar, incrustados con piezas de cuarzo. Una gran roca, en definitiva, que cobija una microcueva con paredes pintadas de oro, un capullo de cuento de hadas que un ojo de buey conecta con el mundo exterior.

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